
Una historia sobre crecer, equivocarse y encontrar el propio camino
Siddhartha no es solo un libro: es un viaje. Es la historia de un joven que lo tenía todo para ser feliz —sabiduría, respeto, comodidad—, pero que un día decide dejarlo todo porque siente que su vida, tal como está, no lo llena. Así empieza su búsqueda. ¿De qué? De algo que muchos buscamos sin saber nombrarlo: un sentido profundo, una paz verdadera, una conexión con lo esencial de la vida.
A lo largo del libro, Siddhartha pasa por muchas etapas. Es joven, curioso, rebelde. Luego se vuelve sabio, después orgulloso, luego se pierde en la riqueza, el amor y los placeres, hasta que un día se da cuenta de que se ha alejado mucho de lo que buscaba. Entonces vuelve a empezar. Una y otra vez. No hay un camino recto: hay caminos que se cruzan, retrocesos, dudas y descubrimientos.
Esa es justamente la fuerza de esta historia: nos recuerda que crecer no es llegar rápido a la meta, sino aprender de cada paso, incluso de los errores. Cada etapa de Siddhartha —la espiritual, la mundana, la solitaria y la silenciosa— refleja las etapas que cualquier ser humano puede vivir en su propia transformación. Y al verlas desde fuera, como lectoras o lectores, también podemos vernos por dentro.
Leer Siddhartha es mirarse en un espejo sereno. Es una invitación a respetar nuestro ritmo, a no temer los cambios, a buscar con honestidad y a escuchar la vida con atención. Es un libro que nos habla con ternura pero con profundidad, sin importar la edad que tengamos. Por eso puede conmover a un niño curioso, inspirar a un joven inquieto o acompañar a una persona adulta que sigue buscando respuestas.
Recomiendo leerlo con calma, sin prisa, como quien escucha el río —sí, el río que también habla en esta historia—, porque en sus páginas no hay recetas mágicas, pero sí algo más valioso: la posibilidad de crecer.

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